Había una vez un hombre que vivía preso en una lúgubre cárcel de Sighişoara, Rumania. No sabía su nombre, Grasu (Gordo) lo llamaba el guardia. No recordaba quién lo había condenado, ni porqué lo habían encerrado. No tenía más compañía que unas nauseabundas ratas a las cuales alimentaba con mendrugos de pan. Se pasaba el día entero mirando al exterior a través de una pequeña ventana enrejada que había en su celda. Cada vez que veía pasar a alguien al otro lado, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. El guardián estaba realmente sorprendido. Un día, vencido por la curiosidad, le preguntó al preso:
-Dime Grasu, ¿A qué se deben esas carcajadas día tras día?
El preso contestó arrogante:
- ¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que están ahí. ¿No ves que no se dan cuenta que están presos detrás de estas rejas? Los perdono…porque no saben lo que hacen… Su ignorancia es un gran antídoto contra el sufrimiento. Y volvió a soltar una gran carcajada, entremezclada con gritos de “¡Perdón!” Tan fuerte río, que su risa llegó a un anciano que caminaba tranquilamente por la acera junto a la antigua cárcel.
El anciano levantó la vista y viendo al preso encaramado a las rejas dijo:
- ¿Quieres que te perdone? ¿Yo? Veras… no hace falta.
- Si, ¡Si hace falta! Lo necesito… - contestó el preso confundido, sin saber ya si tenia que perdonar o ser perdonado…
- Ya veo… Lo necesitas, te hace falta… ¡Bien pues! Pero dime antes: si yo te doy mi perdón… ¿Qué harás tú con él?
- Que… ¿Qué haré con él? Ay, no se, ¡Qué pregunta! – Hacía tanto tiempo que el preso no se cuestionaba nada…
- ¿No sabes que harás con mi perdón?
- Bueno… no lo sé… no. ¿Qué se puede hacer? No sé… ¡Yo solo quiero que me perdones! Aulló desesperado.
El anciano quedó en silencio un instante, esperando más del preso quien, empujado por su silencio, continuó protestando muy ofendido…
- ¿Es que quieres humillarme haciéndome rogarte que me perdones?
- Bueno… en principio, si te sientes humillado por pedirme perdón un par de veces… será que aún no estás preparado para llevarte un tesoro tan grande.
- A ver… exactamente ¿Que debería yo hacer para que me perdonaras?- El preso estaba cansado… No había sostenido una charla tan larga en años… - ¿Qué se puede hacer con un perdón?-
- No sé… dímelo tú, que eres quien lo pide. Para algo será… algo querrás hacer “con lo que pides”, sino… ¿Para qué lo pides? ¿Entiendes?
- La verdad, no. No entiendo toda esta conversación en absoluto.
- Tú, eres el que quiere algo que no sabe para que lo quiere…. ¿Te parece eso más fácil de entender?
Ahora, el silencio fue diferente… parecía como si ambos estuvieran acercándose por primera vez desde el comienzo de esta absurda conversación. Finalmente, el que pedía perdón estaba viendo que la postura más incomprensible era la suya propia…
- Está bien, lo que haré con ello es: sentirme mejor- el preso se sorprendió de su propio descubrimiento.
- Sentirte mejor… ¿Qué es eso de “sentirse mejor”? ¿Lo usarás para sentirte mejor? ¿Y cómo pretendes usar mi perdón? ¿Lo aplicarás como se aplica una pomada para el reumatismo, o lo tomarás como pastillas para el dolor de cabeza? ¿Algo así… para sentirte mejor?
- No, no… ¡Caramba que viejo obtuso eres!- gritó el preso desesperado.
- Mira, no entiendes, lo que quise decir es que por el hecho de que tú me perdones ¡Yo me sentiré mejor!
- Está bien, está bien… tranquilízate…pero mira, ¿Y si yo ya te he perdonado y tu no lo sabes? ¿Qué ocurre entonces?
- Pues… ¡Que yo seguiré sintiéndome mal porque no sabré que ya me has perdonado!
- Entonces… como podrás ver, te equivocas pidiéndome perdón a mi; “no es importante que yo te perdone” sino que lo importante es que tú sepas que yo te perdono, es decir… que “te sepas perdonado”…
- Si… si, yo tengo que saber que puedo ser perdonado, y dejar de sentirme culpable… ¡Eso es!- Por primera vez en años, el preso sonrió.
- ¿Y bien… te has dado cuenta que yo no he pronunciado aún las palabras “te perdono” y veo en tu rostro que ya te sientes mejor?
- Si, es cierto…lo lamento, no quise gritarte, ni burlarme de ti con mis carcajadas. Pero dime ¿Cómo es que ya me siento mejor?
- Porque el perdón, está… Simplemente, “está” sobre nosotros… como el sol lo está. Tan sólo hay que “tomarlo”…
- ¿No necesitaba pedirte perdón a ti?
- No, no a mí. Simplemente, sentirlo… nada más.
- Pero… ¿Y quien me perdonó a mí? Ahora me siento bien…
- Tu.
- ¿Yo?
- Si… tú te perdonaste…
- Vaya… no se que decir…- El preso comenzó a acariciarse su enmarañada cabellera.
El guardia que había seguido la conversación azorado, se acercó a la reja y tímidamente apoyó su mano sobre los hombros del preso, casi tartamudeando un nombre: “Gheorghe…”
-“¿Gheorghe?” Balbuceó el preso reconociéndose.
Ahora el silencio fue como si lo inhalaran los tres, los tres parecían alimentarse de los segundos siguientes sin hablar. Y continuó así la conversación…
-Recuerda esto: si el perdón es para ti, no importará que cuando lo pidas a tu ofendido este te oiga o no… ni siquiera importa que esté presente, pues como ya sabes… solo tú puedes obtener tu propio perdón.
Y con estas últimas palabras, el anciano cruzó la acera y retomó su tranquila marcha por el angosto callejón junto a la cárcel de Sighişoara, la más bella cuidad amurallada de Transilvania.
Cuenta el guardia, testigo de esta historia, que en ese momento, Gheorghe cayó de rodillas y se puso a llorar como un niño. Y mirando a su alrededor asombrado… por primera vez después de muchos años, notó que la puerta de su celda estaba abierta...había estado siempre abierta….
María Giacobone Carballo. COPYRIGHT 2009©
jueves, 30 de julio de 2009
La Cárcel de la Auto condena y la Puerta del Auto perdón…
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lunes, 22 de junio de 2009
La muerte de Narciso. Y ahora… ¿En quién me veré reflejado? …
Ha muerto Narciso anuncian los pájaros. Lloran los bosques y las ninfas. “Ya no habrá un ser mas bello sobre la Tierra,” lamentan las mariposas. Pero el que más llora es el estanque donde cada día se miraba, tanta es su tristeza que sus dulces aguas son ahora saladas como las lágrimas, y como el profundo mar…
- Te entendemos sollozan las ninfas, soltándose los cabellos para acariciar el remanso mientras entonan cánticos de consuelo-
¡Era tan hermoso!
- ¿Lo era?- gime el estanque con asombro.
- Nadie como tú puede ser más fiel testigo. Recostado a tu lado pudo mirarse en tus aguas que reflejaban su belleza. ¡Quién hubiera podido tenerlo tan cerca!
- Lo amaba, sí. Lloro su ausencia: cuando se inclinaba hacia mí podía ver en sus ojos el reflejo de mi propia hermosura. Luz de mis ojos… ¿En quién me proyectaré ahora?
"Todas las mañanas el astro del mundo
Cuando se levanta reflejándose en las ondas
Cree muy asombrado ver otro sol."
Tristan L'Hermite
Adaptación de “El discípulo” de Oscar Wilde.
Imagen: "Narciso" Carmen Giraldez.
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sábado, 30 de mayo de 2009
Amor antes, durante y después de la lluvia.
Me llamó la atención él, por su forma de mirarla, como si no fuese una desconocida que veía por vez primera, pero así era. Él había subido en la misma estación que yo y estaba solo. Recién en la siguiente parada, ella entró al autobús y no se percató de su presencia, pese a que se sentó junto a él. Después, sacó de la mochila un dossier de ilustraciones. Él, como ya dije, la miraba, como si evocase un centenar de momentos compartidos: el otoño en que la lluvia los llevó a refugiarse en el mismo lugar, la excusa para hablarle, un número de teléfono, los días de dudas, la timidez de él para invitarla a salir, los silencios de ella para retrasar la cita, el recital en el que coincidieron, el beso, los besos, las confesiones, los descubrimientos, cenas de dos, reuniones, compromisos, el compromiso, hijos y deseos de seguir soñando. ¿Y si únicamente le recordase a un antiguo amor? O quizá, sin aguzar tanto la memoria, ella era la silueta vacía de sus anhelos, de esa ilusión latente que lo mantuvo despierto, de un desenlace feliz que ya había vivido durante cada noche de insomnio.
Yo no tenía pensado tomar un autobús, ella tampoco. Afuera había dejado de llover. Le pregunté si las ilustraciones eran suyas.
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jueves, 21 de mayo de 2009
Satyagraha: El Abrazo de la Verdad.
“Esta es la historia de dos almas que llegan al mismo lugar y en el mismo instante se cruzan en el no-tiempo. Y se miran profundamente. Cada alma con su destino, dos vidas diferentes. Ella busca consuelo en la sabiduría del legendario renunciante, una Verdad tan antigua como las montañas, tan sutil como la brisa matutina, tan penetrante como el fuego y tan profunda como las aguas primordiales.”
En ese ruidoso tramo de Ahmedabad podía ver un camello, bicicletas, un rebaño de cabras, el último modelo de Mercedes, un elefante y motonetas. Los contrastes eran tan fuertes. La India asaltaba todos sus sentidos.
-¿Cómo había llegado aquí? ¿Qué estaba buscando? -. Ya no lo recordaba, en medio de ese torbellino interior y exterior, solo podía llorar…
-Ve a Satyagraha Ashram-. Susurró un anciano a su oído, apenas rozándola con el lienzo blanco que envolvía su rostro. Ella se sobresaltó. Miró a su alrededor, el anciano había desaparecido entre la multitud.
-Ve a Satyagraha Ashram-. Sintió nuevamente la misteriosa voz resonar en su interior.
Ella se acomodó en el asiento doble detrás de la moto, cerró los ojos y se relajó. El chofer había pronunciado la palabra mágica que abrió la puerta del recuerdo. Ghandiji. Ahora sabía que la había llevado a huir a la India. La búsqueda de la Verdad. O al menos un indicio, la punta de un cabo al que pudiera aferrarse como línea de vida. Allison, su amiga del alma, su anam cara como se llamaban mutuamente honrando sus orígenes celtas, ahora vivía en la India, y en su última visita a Londres le había regalado una versión de bolsillo de “Reflexiones sobre la Verdad” de Ghandi. Ese pequeño libro había taladrado su corazón. Subrayó y memorizó sus frases preferidas, las que repetía como un mantram, una y otra vez. “El ojo por ojo terminrá haciendo que el mundo entero se quede ciego…” “Dios no se encuentra en el cielo ni en el infierno, sino en cada uno de nosotros. En consecuencia podré algún día ver a Dios si me consagró al servicio de la humanidad.” “…pero yo no venero a Dios mas que bajo su aspecto de Verdad…”, “…la Verdad es la voz interna que nos habla.”
-Ghandiji ka Ashram, ochenta rupias – La voz del chofer del richsaw penetró la densa nube de polución mental que la rodeaba e interrumpió su histérico parloteo interior.Después de varios kilómetros de saltos, curvas, contra curvas, frenadas bruscas y una espera de media hora en un cruce de ferrocarril, finalmente habían llegado al Satyagraha Ashram. El chofer se ofreció a esperarla y llevarla de vuelta por la módica suma de ciento veinte rupias. Aceptó. No tenía alternativa. Ya era de noche y sus posibilidades de encontrar transporte de vuelta, remotas.
El silencio del lugar le dio un cálido abrazo, la tomó de la mano y al invitó a bajar.
El ashram estaba en penumbras, al cruzar el portón de entrada se acercó a una ventana pequeña, de donde colgaba una luz amarillenta y se podía escuchar la música chillona proveniente de una antigua radio. Al oír sus pasos, una anciana asomó su blanca cabellera entre un mugriento mosquitero y le dijo- apúrese, el show de luces y sombras esta por comenzar-, y sin darle tiempo a contestar le dio una entrada y un folleto y agregó- cinco rupias, usted es la única-.
Un perro flaco, que parecía un esqueleto andante, la guió hasta un pabellón un poco más iluminado desde dónde podía escucharse la música de bhajans devocionales. Este pabellón, según el folleto que le habían entregado en la entrada había sido la casa de Ghandi. En un espacio que podía haber acomodad fácilmente a 300 personas había una docena de sillas plegadizas acomodadas frente a una pequeña pantalla.
Lo que siguió fueron cincuenta minutos eternos, donde una combinación de canciones devocionales destinadas a evocar los encuentros de oración convocados por Ghandi y algunos episodios de su vida proyectados en la pantalla, eran intercalados con interludios de silencio y oscuridad. La parte de luz del show fue mínima, diferentes secciones del ashram se prendían y se apagaban sin razón aparente, finalizando con el sonido de Pandit VD Paluskar cantando “Raghupati Raghava Rajaram”, el bhajan favorito de Ghandi.
El espectral perro que había permanecido junto a ella durante toda la función se paró, y meneando su raída cola, se puso en marcha. Ella lo siguió como una autómata, confusa.La total ausencia de visitas en el ashram, sus tinieblas, sus paredes húmedas y descascaradas la hacían sentir que en esta India moderna, ya no había lugar para los despojados ideales de Ghandi.
-Viajar al pasado es muy fácil en este lugar. Basta con dejarme llevar, con deslizarme por la falla temporal que se abre ante mi en cada rincón…-. Pensó nostálgica, tratando de sentir el fervor de Ghandi iniciando desde este ashram la gran Marcha de la Sal.
Siguiendo al perro, caminó hacia la orilla del río. Los mosquitos ya no practicaban ahimsa, la no violencia, en el ashram y su zumbido era lo único que rompía el silencio sobrecogedor. Le venían a la memoria las historias de su padre, el octavo Conde Althorp, sobre la India Imperial con los Lanceros de Bengala, los extravagantes maharajás que habían sustituido al elefante por el Rolls-Royce, y a la caza del tigre por partidos de polo. Las fotos de los administradores ingleses vistiendo traje de etiqueta en viajes por la selva. Todo esto en un país donde cientos de miles se morían de hambre, lepra, malaria y tuberculosis… podía sentir las palabras de Ghandi, en el documental que acababa de ver:-Mi obra estará completa si tengo éxito en llevarle la convicción a la familia humana, de que cada hombre y mujer, por más frágil que sea su cuerpo, es el custodio de su auto respeto y su libertad… hay mas hambre en el mundo por amor y por ser apreciado, que por pan…
Su corazón se acalambró, ahogada en llanto, se desplomo en el piso en posición fetal.
-Mi consejo es: satyagraha al principio, satyagraha al final-. Una voz pausada la sobresaltó. Un sadhu se había sentado junto a ella entre la bruma a la orilla del río. El anciano sabio solo vestía un taparrabos, de su rostro, velado por un percudido lienzo blanco que lo cubría hasta el pecho, emanaba un reconfortante destello de paz permanente.- No existe mejor camino para alcanzar la libertad.-
-¿Quién sos?-. Preguntó perturbada. O quizás había dicho… -¿Quién soy?-
-La belleza de satyagraha es que viene hacia ti, no hace falta que salgas en su búsqueda-.
-¿Qué debo hacer?-. Preguntó, como si el anciano conociera su dilema.
-Satyagraha quiere decir, haz lo que debas a pesar de todo lo que debas soportar en tu acción. Sigue tu Verdad, se fiel a tu voz interior. Aunque el cielo este cubierto de nubes amenazantes, si debes embarcarte en la Nave Real, hazlo. Debes dar un gran salto, no un paso vacilante, tomar el timón con firmeza y comenzar a navegar por el río de la vida con plenitud.-
-El éxito y el fracaso son relativos-. Prosiguió el anciano en su claro y pausado inglés.- El elogio y la crítica tienen una raíz común, el ego, si dependes de ellos te tornas vulnerable. Tienes que desarrollar una permeabilidad a las filias y a las fobias. Ser completamente vulnerable a lo trascendente y totalmente impermeable a lo intrascendente, a los halagos y a los juicios ajenos.Este lugar no fue olvidado. El mensaje que se difundió desde este ashram no era nuevo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Acá solo se las experimento en la mayor escala posible. Y esta enseñanza sigue viva en el corazón de todos los buscadores de la Verdad, en el espíritu de todos aquellos seres libres que hacen de su vida un acto sagrado-.
-Pero, yo soy libre, siento que me ataron a una decisión-. Dijo ella secándose las lágrimas.
-Los oprimidos y los opresores solo existen en nuestro interior, somos nuestro propio carcelero. Eres el custodio de tu auto respeto y libertad. Abre las alas y libera tu libertad. Nunca olvides que solo estas jugando, bailando la danza de Shiva. Jugar es hilvanar en la rueca de nuestra vida cada instante que vivimos. Satyagraha nos enseña el arte de vivir, así como el de morir-.
-Temo a la muerte…- un escalofrío reptó por su espalda, una gélida premonición sacudió su joven corazón.
-Milady, no tienes miedo a morir, tienes miedo a no haber vivido, a no haber considerado el más alto propósito de tu vida, a no haber intentado al menos dejar tu huella en este mundo, si simplemente haces lo que tienes por delante y lo haces bien, con el corazón, desde tu verdad interior. Dejaras una huella en este mundo si amas cuando menos lo merecen, ya que es cuando más te necesitan-.
-Es momento de despedirnos, hice un acuerdo de coexistencia pacifica con el tiempo, ni el me persigue, ni yo huyo de él…-, dijo el misterioso sadhu posando su sabia mirada sobre los emocionados ojos azules de la joven. Ella se zambulló en esa profunda ventana que se abría delante de sí. Silencio por dentro y por fuera. El aroma a sándalo acompañaba su respiración pausada. Una auguriosa llovizna de pétalos de orquídeas blancas la envolvió.
Sentía paz por primera vez en mucho tiempo. El entusiasmo latía en sus venas. Se había descorrido un velo. Todo era claro. Quería volver a Inglaterra y jugar el juego de su propia elección.
-Vuelvo a la casa que nunca abandoné. Comprende que la forma de tu alma es única, que te aguarda un destino especial, y que detrás de la fachada de tu vida, por más frívola que parezca ser, sucede algo hermoso, bueno y eterno. Satyagraha. Se fiel a tu voz interior.
-Namasté, Lady Diana Spencer, futura Princesa de Gales-. Se despidió el anciano esfumándose lentamente entre la bruma del no-tiempo.
-Que recibas una maravillosa acogida en la casa a donde retornas. Y que la luz de la Verdad te abrace por siempre. Om Satyagraha Om-.
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viernes, 24 de abril de 2009
Lecciones de Grandeza.
“Soy en verdad un viajero solitario –expresó un célebre científico en cierta ocasión-,y los ideales que han iluminado mi camino y han proporcionado una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida han sido: la belleza, la grandeza interior, la bondad y la verdad.”
Hubo poco en su niñez y juventud que presagiara las notables alturas que alcanzaría en su vida. Era tímido y callado, y rara vez se integraba a sus compañeros. En la escuela, no se distinguió, no le gustaban la mayoría de las asignaturas escolares, y además, le aburría terriblemente preparar sus lecciones. Detestaba los métodos formales y memoristas que estaban en boga en los colegios europeos de fines de siglo XIX. Por lo tanto, su paso por el bachillerato, no fue muy gratificante: la rigidez, la disciplina militar, y la cruel competencia que fomentaban los institutos de enseñanza secundaria de la época de Bismarck le granjearon no pocas polémicas con los profesores. Su ingenio excedía por mucho la sabiduría de sus maestros, lo que sólo sirvió para aumentar el resentimiento que su actitud generaba…
Una calurosa mañana estival llegó a al escuela retrasado, pedaleando contra el tiempo. El Föhn, un viento maldito, al que se lo culpaba de todo, desde los dolores de cabeza, hasta el mal humor y el letargo, lo abofeteaba en la cara y el cuerpo, intentando en vano detener su avance.
Al entrar a la clase de geometría, encontró a los estudiantes riñendo y criticándose los unos a los otros. El joven irónicamente pensó- No es la maldición del Föhn, mis compañeros siempre se ven entre sí como rivales. Cada uno trata constantemente de rebajar a los otros, de manera que solo el pueda ser el mejor de la clase.-
Como la disputa subía de tono, el joven tomó coraje y en voz alta dijo- Tengo un desafío para todos.-
El bullicio continuaba. El profesor no lograba imponer orden.
-¡TENGO UN DESAFIO PARA TODOS! –gritó, traspasando el nudo que le cerraba la garganta.
Silencio repentino.
Los estudiantes dejaron de pelear y esperaron intrigados. El joven caminó lentamente hacia el pizarrón, levantó una tiza, y dibujó una larga línea recta. Dándose vuelta hacia los estudiantes y el profesor, señaló el pizarrón y dijo: -¿Ven esta línea?
Extrañados, todos asintieron.
-Hagan esta línea más corta.- planteó.
-¡Qué insolencia mental! ¿Cómo se atreve a hablar sin que yo le conceda la palabra? Regrese a su sitio inmediatamente- ordenó el despótico profesor. Su fría mirada recorría a todos y a cada uno de los alumnos.
Desoyendo la advertencia del catedrático, varios estudiantes se lanzaron sobre el pizarrón. –Es facilísimo - , dijo un muchacho, tomando el borrador de la repisa.
-¿De qué desafío me hablas? Soy medalla de oro en la competencia anual de estado de Baviera- fanfarroneó el estudiante estrella, mientras arrebataba el borrador de la mano de su compañero.
Un tercero se abrió paso a empujones. –Esto es un juego de niños, nos presentas un reto tan tonto como tu mente –dijo, y exigió el borrador con altivez. Alcanzó el pizarrón, y cuando estaba a punto de borrar un extremo de la línea, nuestro joven amigo, ignorando el insulto que había recibido, amablemente colocó su mano en el brazo del muchacho y lo detuvo.
-¿Pueden hacer la línea más corta SIN TOCARLA? – aclaró desafiante.
El parloteo entre los jóvenes cesó. El profesor estaba desconcertado. Su alumno les proponía un reto inusual. ¿O quizás simplemente, este inadaptado estudiante, se estaba burlando de ellos? Todos los alumnos trataban de resolver el problema. ¿Cómo hacer más corta la línea sin tocarla? El profesor se devanaba los sesos. Su rostro púrpura bullía de humillación. Nadie aportaba una solución.
-Eres un fracasado, nunca llegarás a nada, como tu inútil reto, un callejón sin salida- vociferó uno de los estudiantes desde el fondo de la clase.
El joven regresó al pizarrón tranquilamente, levantó la tiza y debajo de la primera línea, dibujó una mucho más larga todavía. Viendo una expresión de asombro en el profesor y todos los estudiantes, les preguntó con una sonrisa enigmática: -¿Qué pasó con la primera línea?
-Es más corta –respondieron al unísono.
-Naturalmente… Todo es relativo… En vez de degradarse unos a otros constantemente, HAGANSE MÁS GRANDES.- afirmó.
-Su actitud quebranta el respeto que me debe como estudiante. Será estrictamente sancionado- clamó el profesor, sus ojos parecían sacar chispas.
-La única fuente de respeto del alumno por el profesor son sus cualidades humanas e intelectuales- respondió el joven.
El resto de los estudiantes escuchaban impávidos, esperando el desenlace del duelo en un completo e incómodo silencio.
-Amigos, el mismo trabajo puede realizarse por la fuerza y la compulsión, y por el ambicioso deseo de autoridad y distinción, o como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber. Nunca lo olviden.-
Con esta profunda reflexión, el talentoso joven, incapaz de adaptarse al rígido sistema escolar, se despidió de sus compañeros de clase y abandonó el Gymnasyum Luitpold de Munich para siempre.
El tiempo transcurrió, corrió la ilusión del tiempo sin cesar...
Y aunque hubo poco en su niñez y juventud que presagiara las notables alturas que alcanzaría, Albert Einstein a los 26 años de edad, en solo seis semanas, redactó su teoría particular de la relatividad, y en 1921 recibió el premio Nóbel de Física.
A partir de ese momento, este hombre sencillo cuya imagen pública era inseparable de su amado violín, su colección de pipas y sus dos magníficos mechones grises en genial desorden, fue noticia recurrente en los diarios de todo el mundo.
Pero el tímido, comprensivo y franco Albert detestaba la ostentación y las riquezas materiales, alegando –Estoy absolutamente convencido que ninguna riqueza del mundo puede ayudar a que progrese la humanidad…El mundo necesita paz permanente, grandeza interior y buena voluntad perdurable-.
El tiempo siguió transcurriendo, corrió la ilusión del tiempo sin cesar.
-La única razón para que el tiempo exista es para que no ocurra todo a la vez. No pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto.- afirmaba Einstein.
La trayectoria del espacio-tiempo dibujó su curva relativa en la vida del físico mago de cara triste y flácida, quien sobrellevó su fama con modestia y sentido del humor.
-Papá, ¿Por qué eres tan famoso? – le preguntó un día su pequeño hijo. -La gente aplaude a mi amigo Chaplin porque lo entiende, a mí porque no me entiende. Mira, cuando un escarabajo ciego recorre la superficie del Globo, no se da cuenta que el camino que anda es curvo. Yo, por el contrario, tuve la fortuna de notarlo…Aunque nunca olvides hijo que las ideas vienen de Dios. Intenta no volverte un hombre de éxito, sino convertirte en un hombre de valor.
En 1929, cuando lo invitaron a visitar a Isabel, la Reina Madre de Bélgica, se bajó del tren y, con su cabello indicando la dirección del viento, caminó por las adoquinadas calles de Bruselas hasta el Palacio Real de Laeken, llevando una maleta y su violín, sin que nadie lo reconociera, mientras la limusina y el comité de recepción lo esperaban en la estación Bruxelles Centrale. Cuando la Reina le preguntó por qué no había usado la limusina, respondió –Majestad, era tan agradable caminar solo y en silencio por sus jardines, donde flota el sutil perfume de la más bella colección de naranjos del planeta…-

“Soy en verdad un viajero solitario- expresó Albert Einstein en una ocasión-, y los ideales que han iluminado mi camino y han proporcionado una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida han sido: a belleza, la grandeza interior, la bondad y la verdad…”
Autora: María Giacobone Carballo.
Lecciones de Grandeza. Publicado por Editorial Albatros y presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires 2007.
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sábado, 4 de abril de 2009
El Templo de la Paz
Érase hace una vez, hace muchos, muchos años, una civilización que vivía en una gran isla en el Mediterráneo Oriental, la llamaban Kumari Kandam, y dicen las antiguas leyendas que era el Jardín del Edén.
Los habitantes de Kumari Kandam vivían en paz con ellos mismos y con la naturaleza a la que amaban y respetaban como fuente de sabiduría. El Gran Río Sagrado dividía a las isla en dos partes, el lado de Kla’ ro y el lado de Oz ku’ ro, los que convivían en perfecto equilibrio.
La isla tenía siete templos, tres en lado de Kla’ ro, tres en lado de Oz ku’ ro y en su centro, el Templo de la Paz situado en una pequeña isla llamada Shanti. Palomas blancas custodiaban este lugar sagrado, revoloteando en mágica danza a su alrededor. El Templo de la Paz tenía siete mil setecientos setenta y siete campanas de cristal de diverso tamaño y color. Su música celestial llegaba al confín de la isla en sus cuatro direcciones. Su suave tintineo vibraba en los corazones de los habitantes de ambos lados de la isla.
Lamentablemente la paz no fue eterna. El equilibrio perfecto en que vivía Kumari Kandam se rompió. Los habitantes del lado Oz ku’ ro, henchidos de vanidad y codicia, desobedecieron la Ley del Uno y la guerra entre ambos lados de la isla se declaró.
La naturaleza se enfureció…
Un terremoto sacudió la isla y una ola gigante la sepultó en las profundidades del Mediterráneo Oriental. Junto con ella se hundieron el Templo de la Paz, las palomas blancas y las campanas de cristal…
******
En la actual Gaza, más de la mitad de la población son niños. Victimas silenciosas que vieron a miembros de sus familias o a vecinos ser heridos o asesinados.
Jemina, como tantas otras niñas palestinas, sobrevivió a las explosiones que provocaron la muerte de su familia. Solo su abuelo se salvó. El anciano Shelomo, narrador de historias y guardián de la memoria. “Las historias nos ayudan a encontrar el sentido de la vida…”, repetía en forma de ritual antes de comenzar cada relato, “…nos muestran nuestro lugar en el corazón de del misterio”.
Fue el abuelo Shem, quién contó a la pequeña Jemina la leyenda del Templo de la Paz cuando ella era aún más niña. Jemina, en medio de su desolación, recordó la leyenda y se aferró a ella como una línea de vida. Durante mucho tiempo se sentó en la playa de Beit-Lahíe intentando escuchar las campanas con todo su corazón. Un corazón congelado.
Jemina perseveró día tras día, pero lo único que podía oír era el rugir de los helicópteros, el traqueteo de los carros de combate y los disparos de los proyectiles. El fragor de la guerra impactaba en sus oídos, aniquilando todas sus ilusiones…
Durante días enteros se sentó en la playa. Jemina hacía todo lo que podía para aislarse del infierno que la rodeaba, pero nada funcionaba.
Cuando se sentía desanimada acudía a su abuelo y lo escuchaba contar una vez más la maravillosa leyenda. Una chispa de esperanza entibiaba su alma, pero al regresar a la playa todo era igual.
Y fue así que aun cuando no consiguiese escuchar las viejas campanas del templo, Jemina, sin notarlo, comenzó a cambiar su actitud hacia el mundo que la rodeaba… De tanto oír el ruido de los helicópteros, ya no se dejaba distraer por ellos. Es más, el sonido del mar era cada vez más audible, ahogando con él el clamor de la guerra. Con el tiempo comenzó a percibir los graznidos de las gaviotas, el murmullo de las olas rompiendo en la orilla y el viento meciendo las hojas de las palmeras. Nada la distraía, pero Jemina, decepcionada, seguía sin escuchar las campanas del templo sumergido.
Y su desilusión creció de tal manera que finalmente decidió abandonar la búsqueda del Templo de la Paz. “Es imposible que un Templo de la Paz haya existido frente a este campo de batalla. La leyenda es una gran mentira”.
La niña regresó a la playa una vez más para contarle al mar, al viento y a las gaviotas, que había abandonado su búsqueda. Ese día, como ya no estaba ansiosa por escuchar las campanas, pudo admirar la belleza del canto de las gaviotas y el arrullo del mar. Se sintió tan complacida que se recostó sobre la arena tibia, simplemente para disfrutar del momento. Por primera vez no trató de aislar el sonido del mar. Dejó que el canto de las olas la acariciara, la acunara. Escuchó a lo lejos el aletear de un helicóptero y agradeció estar viva. Su ser entero se llenó de agradecimiento. Su corazón se sumergió en las profundidades del sonido del mar, todo era paz, no podía decir de dónde venía. Y así, en comunión con el mar, escuchó el burbujear de una campanita, luego…
Siete campanitas tintinearon más fuerte…
Setenta y siete fuertes campanas se deslizaron por las olas…
En un maravilloso acorde, las siete mil setecientos setenta y siete campanas del Templo de la Paz reverberaron en el corazón del Jemina, la niña que había aprendido a contemplar el mundo a través de los ojos del alma.
Ensamblándose al sinfónico tañir de las campanas de cristal, Jemina sintió la voz de su abuelo que la llamaba, y las risas de sus amigas en la playa… el ruido de los carros de combate y el silbido de los misiles.
Una bandada de palomas blancas cubrió el sol por un instante.
Jemina se sintió llena de esperanza.
Sabía que en este mundo lleno de contradicciones…
La Paz es Posible.
“Si nuestras voces tintinean a Paz, porqué no gritamos.”
Ynarud (Adictos al Verso)
Autora: María Giacobone Carballo
EL TEMPLO DE LA PAZ .Premiado en Concurso Internacional “Canto a la Paz: Homenaje a Mahatma Ghandi.” Ed. Pegasso 2006. Publicado en antología homónima.
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María Carballo
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jueves, 30 de julio de 2009
La Cárcel de la Auto condena y la Puerta del Auto perdón…
-Dime Grasu, ¿A qué se deben esas carcajadas día tras día?
El preso contestó arrogante:
- ¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que están ahí. ¿No ves que no se dan cuenta que están presos detrás de estas rejas? Los perdono…porque no saben lo que hacen… Su ignorancia es un gran antídoto contra el sufrimiento. Y volvió a soltar una gran carcajada, entremezclada con gritos de “¡Perdón!” Tan fuerte río, que su risa llegó a un anciano que caminaba tranquilamente por la acera junto a la antigua cárcel.
El anciano levantó la vista y viendo al preso encaramado a las rejas dijo:
- ¿Quieres que te perdone? ¿Yo? Veras… no hace falta.
- Si, ¡Si hace falta! Lo necesito… - contestó el preso confundido, sin saber ya si tenia que perdonar o ser perdonado…
- Ya veo… Lo necesitas, te hace falta… ¡Bien pues! Pero dime antes: si yo te doy mi perdón… ¿Qué harás tú con él?
- Que… ¿Qué haré con él? Ay, no se, ¡Qué pregunta! – Hacía tanto tiempo que el preso no se cuestionaba nada…
- ¿No sabes que harás con mi perdón?
- Bueno… no lo sé… no. ¿Qué se puede hacer? No sé… ¡Yo solo quiero que me perdones! Aulló desesperado.
El anciano quedó en silencio un instante, esperando más del preso quien, empujado por su silencio, continuó protestando muy ofendido…
- ¿Es que quieres humillarme haciéndome rogarte que me perdones?
- Bueno… en principio, si te sientes humillado por pedirme perdón un par de veces… será que aún no estás preparado para llevarte un tesoro tan grande.
- A ver… exactamente ¿Que debería yo hacer para que me perdonaras?- El preso estaba cansado… No había sostenido una charla tan larga en años… - ¿Qué se puede hacer con un perdón?-
- No sé… dímelo tú, que eres quien lo pide. Para algo será… algo querrás hacer “con lo que pides”, sino… ¿Para qué lo pides? ¿Entiendes?
- La verdad, no. No entiendo toda esta conversación en absoluto.
- Tú, eres el que quiere algo que no sabe para que lo quiere…. ¿Te parece eso más fácil de entender?
Ahora, el silencio fue diferente… parecía como si ambos estuvieran acercándose por primera vez desde el comienzo de esta absurda conversación. Finalmente, el que pedía perdón estaba viendo que la postura más incomprensible era la suya propia…
- Está bien, lo que haré con ello es: sentirme mejor- el preso se sorprendió de su propio descubrimiento.
- Sentirte mejor… ¿Qué es eso de “sentirse mejor”? ¿Lo usarás para sentirte mejor? ¿Y cómo pretendes usar mi perdón? ¿Lo aplicarás como se aplica una pomada para el reumatismo, o lo tomarás como pastillas para el dolor de cabeza? ¿Algo así… para sentirte mejor?
- No, no… ¡Caramba que viejo obtuso eres!- gritó el preso desesperado.
- Mira, no entiendes, lo que quise decir es que por el hecho de que tú me perdones ¡Yo me sentiré mejor!
- Está bien, está bien… tranquilízate…pero mira, ¿Y si yo ya te he perdonado y tu no lo sabes? ¿Qué ocurre entonces?
- Pues… ¡Que yo seguiré sintiéndome mal porque no sabré que ya me has perdonado!
- Entonces… como podrás ver, te equivocas pidiéndome perdón a mi; “no es importante que yo te perdone” sino que lo importante es que tú sepas que yo te perdono, es decir… que “te sepas perdonado”…
- Si… si, yo tengo que saber que puedo ser perdonado, y dejar de sentirme culpable… ¡Eso es!- Por primera vez en años, el preso sonrió.
- ¿Y bien… te has dado cuenta que yo no he pronunciado aún las palabras “te perdono” y veo en tu rostro que ya te sientes mejor?
- Si, es cierto…lo lamento, no quise gritarte, ni burlarme de ti con mis carcajadas. Pero dime ¿Cómo es que ya me siento mejor?
- Porque el perdón, está… Simplemente, “está” sobre nosotros… como el sol lo está. Tan sólo hay que “tomarlo”…
- ¿No necesitaba pedirte perdón a ti?
- No, no a mí. Simplemente, sentirlo… nada más.
- Pero… ¿Y quien me perdonó a mí? Ahora me siento bien…
- Tu.
- ¿Yo?
- Si… tú te perdonaste…
- Vaya… no se que decir…- El preso comenzó a acariciarse su enmarañada cabellera.
El guardia que había seguido la conversación azorado, se acercó a la reja y tímidamente apoyó su mano sobre los hombros del preso, casi tartamudeando un nombre: “Gheorghe…”
-“¿Gheorghe?” Balbuceó el preso reconociéndose.
Ahora el silencio fue como si lo inhalaran los tres, los tres parecían alimentarse de los segundos siguientes sin hablar. Y continuó así la conversación…
-Recuerda esto: si el perdón es para ti, no importará que cuando lo pidas a tu ofendido este te oiga o no… ni siquiera importa que esté presente, pues como ya sabes… solo tú puedes obtener tu propio perdón.
Y con estas últimas palabras, el anciano cruzó la acera y retomó su tranquila marcha por el angosto callejón junto a la cárcel de Sighişoara, la más bella cuidad amurallada de Transilvania.
Cuenta el guardia, testigo de esta historia, que en ese momento, Gheorghe cayó de rodillas y se puso a llorar como un niño. Y mirando a su alrededor asombrado… por primera vez después de muchos años, notó que la puerta de su celda estaba abierta...había estado siempre abierta….
María Giacobone Carballo. COPYRIGHT 2009©
lunes, 22 de junio de 2009
La muerte de Narciso. Y ahora… ¿En quién me veré reflejado? …
Ha muerto Narciso anuncian los pájaros. Lloran los bosques y las ninfas. “Ya no habrá un ser mas bello sobre la Tierra,” lamentan las mariposas. Pero el que más llora es el estanque donde cada día se miraba, tanta es su tristeza que sus dulces aguas son ahora saladas como las lágrimas, y como el profundo mar…- Te entendemos sollozan las ninfas, soltándose los cabellos para acariciar el remanso mientras entonan cánticos de consuelo-
¡Era tan hermoso!
- ¿Lo era?- gime el estanque con asombro.
- Nadie como tú puede ser más fiel testigo. Recostado a tu lado pudo mirarse en tus aguas que reflejaban su belleza. ¡Quién hubiera podido tenerlo tan cerca!
- Lo amaba, sí. Lloro su ausencia: cuando se inclinaba hacia mí podía ver en sus ojos el reflejo de mi propia hermosura. Luz de mis ojos… ¿En quién me proyectaré ahora?
"Todas las mañanas el astro del mundo
Cuando se levanta reflejándose en las ondas
Cree muy asombrado ver otro sol."
Tristan L'Hermite
Adaptación de “El discípulo” de Oscar Wilde.
Imagen: "Narciso" Carmen Giraldez.
María Giacobone Carballo
sábado, 30 de mayo de 2009
Amor antes, durante y después de la lluvia.
Me llamó la atención él, por su forma de mirarla, como si no fuese una desconocida que veía por vez primera, pero así era. Él había subido en la misma estación que yo y estaba solo. Recién en la siguiente parada, ella entró al autobús y no se percató de su presencia, pese a que se sentó junto a él. Después, sacó de la mochila un dossier de ilustraciones. Él, como ya dije, la miraba, como si evocase un centenar de momentos compartidos: el otoño en que la lluvia los llevó a refugiarse en el mismo lugar, la excusa para hablarle, un número de teléfono, los días de dudas, la timidez de él para invitarla a salir, los silencios de ella para retrasar la cita, el recital en el que coincidieron, el beso, los besos, las confesiones, los descubrimientos, cenas de dos, reuniones, compromisos, el compromiso, hijos y deseos de seguir soñando. ¿Y si únicamente le recordase a un antiguo amor? O quizá, sin aguzar tanto la memoria, ella era la silueta vacía de sus anhelos, de esa ilusión latente que lo mantuvo despierto, de un desenlace feliz que ya había vivido durante cada noche de insomnio.Yo no tenía pensado tomar un autobús, ella tampoco. Afuera había dejado de llover. Le pregunté si las ilustraciones eran suyas.
jueves, 21 de mayo de 2009
Satyagraha: El Abrazo de la Verdad.
“Esta es la historia de dos almas que llegan al mismo lugar y en el mismo instante se cruzan en el no-tiempo. Y se miran profundamente. Cada alma con su destino, dos vidas diferentes. Ella busca consuelo en la sabiduría del legendario renunciante, una Verdad tan antigua como las montañas, tan sutil como la brisa matutina, tan penetrante como el fuego y tan profunda como las aguas primordiales.”En ese ruidoso tramo de Ahmedabad podía ver un camello, bicicletas, un rebaño de cabras, el último modelo de Mercedes, un elefante y motonetas. Los contrastes eran tan fuertes. La India asaltaba todos sus sentidos.
-¿Cómo había llegado aquí? ¿Qué estaba buscando? -. Ya no lo recordaba, en medio de ese torbellino interior y exterior, solo podía llorar…
-Ve a Satyagraha Ashram-. Susurró un anciano a su oído, apenas rozándola con el lienzo blanco que envolvía su rostro. Ella se sobresaltó. Miró a su alrededor, el anciano había desaparecido entre la multitud.
-Ve a Satyagraha Ashram-. Sintió nuevamente la misteriosa voz resonar en su interior.
Ella se acomodó en el asiento doble detrás de la moto, cerró los ojos y se relajó. El chofer había pronunciado la palabra mágica que abrió la puerta del recuerdo. Ghandiji. Ahora sabía que la había llevado a huir a la India. La búsqueda de la Verdad. O al menos un indicio, la punta de un cabo al que pudiera aferrarse como línea de vida. Allison, su amiga del alma, su anam cara como se llamaban mutuamente honrando sus orígenes celtas, ahora vivía en la India, y en su última visita a Londres le había regalado una versión de bolsillo de “Reflexiones sobre la Verdad” de Ghandi. Ese pequeño libro había taladrado su corazón. Subrayó y memorizó sus frases preferidas, las que repetía como un mantram, una y otra vez. “El ojo por ojo terminrá haciendo que el mundo entero se quede ciego…” “Dios no se encuentra en el cielo ni en el infierno, sino en cada uno de nosotros. En consecuencia podré algún día ver a Dios si me consagró al servicio de la humanidad.” “…pero yo no venero a Dios mas que bajo su aspecto de Verdad…”, “…la Verdad es la voz interna que nos habla.”
-Ghandiji ka Ashram, ochenta rupias – La voz del chofer del richsaw penetró la densa nube de polución mental que la rodeaba e interrumpió su histérico parloteo interior.Después de varios kilómetros de saltos, curvas, contra curvas, frenadas bruscas y una espera de media hora en un cruce de ferrocarril, finalmente habían llegado al Satyagraha Ashram. El chofer se ofreció a esperarla y llevarla de vuelta por la módica suma de ciento veinte rupias. Aceptó. No tenía alternativa. Ya era de noche y sus posibilidades de encontrar transporte de vuelta, remotas.
El silencio del lugar le dio un cálido abrazo, la tomó de la mano y al invitó a bajar.
El ashram estaba en penumbras, al cruzar el portón de entrada se acercó a una ventana pequeña, de donde colgaba una luz amarillenta y se podía escuchar la música chillona proveniente de una antigua radio. Al oír sus pasos, una anciana asomó su blanca cabellera entre un mugriento mosquitero y le dijo- apúrese, el show de luces y sombras esta por comenzar-, y sin darle tiempo a contestar le dio una entrada y un folleto y agregó- cinco rupias, usted es la única-.
Un perro flaco, que parecía un esqueleto andante, la guió hasta un pabellón un poco más iluminado desde dónde podía escucharse la música de bhajans devocionales. Este pabellón, según el folleto que le habían entregado en la entrada había sido la casa de Ghandi. En un espacio que podía haber acomodad fácilmente a 300 personas había una docena de sillas plegadizas acomodadas frente a una pequeña pantalla.
Lo que siguió fueron cincuenta minutos eternos, donde una combinación de canciones devocionales destinadas a evocar los encuentros de oración convocados por Ghandi y algunos episodios de su vida proyectados en la pantalla, eran intercalados con interludios de silencio y oscuridad. La parte de luz del show fue mínima, diferentes secciones del ashram se prendían y se apagaban sin razón aparente, finalizando con el sonido de Pandit VD Paluskar cantando “Raghupati Raghava Rajaram”, el bhajan favorito de Ghandi.
El espectral perro que había permanecido junto a ella durante toda la función se paró, y meneando su raída cola, se puso en marcha. Ella lo siguió como una autómata, confusa.La total ausencia de visitas en el ashram, sus tinieblas, sus paredes húmedas y descascaradas la hacían sentir que en esta India moderna, ya no había lugar para los despojados ideales de Ghandi.
-Viajar al pasado es muy fácil en este lugar. Basta con dejarme llevar, con deslizarme por la falla temporal que se abre ante mi en cada rincón…-. Pensó nostálgica, tratando de sentir el fervor de Ghandi iniciando desde este ashram la gran Marcha de la Sal.
Siguiendo al perro, caminó hacia la orilla del río. Los mosquitos ya no practicaban ahimsa, la no violencia, en el ashram y su zumbido era lo único que rompía el silencio sobrecogedor. Le venían a la memoria las historias de su padre, el octavo Conde Althorp, sobre la India Imperial con los Lanceros de Bengala, los extravagantes maharajás que habían sustituido al elefante por el Rolls-Royce, y a la caza del tigre por partidos de polo. Las fotos de los administradores ingleses vistiendo traje de etiqueta en viajes por la selva. Todo esto en un país donde cientos de miles se morían de hambre, lepra, malaria y tuberculosis… podía sentir las palabras de Ghandi, en el documental que acababa de ver:-Mi obra estará completa si tengo éxito en llevarle la convicción a la familia humana, de que cada hombre y mujer, por más frágil que sea su cuerpo, es el custodio de su auto respeto y su libertad… hay mas hambre en el mundo por amor y por ser apreciado, que por pan…
Su corazón se acalambró, ahogada en llanto, se desplomo en el piso en posición fetal.
-Mi consejo es: satyagraha al principio, satyagraha al final-. Una voz pausada la sobresaltó. Un sadhu se había sentado junto a ella entre la bruma a la orilla del río. El anciano sabio solo vestía un taparrabos, de su rostro, velado por un percudido lienzo blanco que lo cubría hasta el pecho, emanaba un reconfortante destello de paz permanente.- No existe mejor camino para alcanzar la libertad.-
-¿Quién sos?-. Preguntó perturbada. O quizás había dicho… -¿Quién soy?-
-La belleza de satyagraha es que viene hacia ti, no hace falta que salgas en su búsqueda-.
-¿Qué debo hacer?-. Preguntó, como si el anciano conociera su dilema.
-Satyagraha quiere decir, haz lo que debas a pesar de todo lo que debas soportar en tu acción. Sigue tu Verdad, se fiel a tu voz interior. Aunque el cielo este cubierto de nubes amenazantes, si debes embarcarte en la Nave Real, hazlo. Debes dar un gran salto, no un paso vacilante, tomar el timón con firmeza y comenzar a navegar por el río de la vida con plenitud.-
-El éxito y el fracaso son relativos-. Prosiguió el anciano en su claro y pausado inglés.- El elogio y la crítica tienen una raíz común, el ego, si dependes de ellos te tornas vulnerable. Tienes que desarrollar una permeabilidad a las filias y a las fobias. Ser completamente vulnerable a lo trascendente y totalmente impermeable a lo intrascendente, a los halagos y a los juicios ajenos.Este lugar no fue olvidado. El mensaje que se difundió desde este ashram no era nuevo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Acá solo se las experimento en la mayor escala posible. Y esta enseñanza sigue viva en el corazón de todos los buscadores de la Verdad, en el espíritu de todos aquellos seres libres que hacen de su vida un acto sagrado-.
-Pero, yo soy libre, siento que me ataron a una decisión-. Dijo ella secándose las lágrimas.
-Los oprimidos y los opresores solo existen en nuestro interior, somos nuestro propio carcelero. Eres el custodio de tu auto respeto y libertad. Abre las alas y libera tu libertad. Nunca olvides que solo estas jugando, bailando la danza de Shiva. Jugar es hilvanar en la rueca de nuestra vida cada instante que vivimos. Satyagraha nos enseña el arte de vivir, así como el de morir-.
-Temo a la muerte…- un escalofrío reptó por su espalda, una gélida premonición sacudió su joven corazón.
-Milady, no tienes miedo a morir, tienes miedo a no haber vivido, a no haber considerado el más alto propósito de tu vida, a no haber intentado al menos dejar tu huella en este mundo, si simplemente haces lo que tienes por delante y lo haces bien, con el corazón, desde tu verdad interior. Dejaras una huella en este mundo si amas cuando menos lo merecen, ya que es cuando más te necesitan-.
-Es momento de despedirnos, hice un acuerdo de coexistencia pacifica con el tiempo, ni el me persigue, ni yo huyo de él…-, dijo el misterioso sadhu posando su sabia mirada sobre los emocionados ojos azules de la joven. Ella se zambulló en esa profunda ventana que se abría delante de sí. Silencio por dentro y por fuera. El aroma a sándalo acompañaba su respiración pausada. Una auguriosa llovizna de pétalos de orquídeas blancas la envolvió.
Sentía paz por primera vez en mucho tiempo. El entusiasmo latía en sus venas. Se había descorrido un velo. Todo era claro. Quería volver a Inglaterra y jugar el juego de su propia elección.
-Vuelvo a la casa que nunca abandoné. Comprende que la forma de tu alma es única, que te aguarda un destino especial, y que detrás de la fachada de tu vida, por más frívola que parezca ser, sucede algo hermoso, bueno y eterno. Satyagraha. Se fiel a tu voz interior.
-Namasté, Lady Diana Spencer, futura Princesa de Gales-. Se despidió el anciano esfumándose lentamente entre la bruma del no-tiempo.
-Que recibas una maravillosa acogida en la casa a donde retornas. Y que la luz de la Verdad te abrace por siempre. Om Satyagraha Om-.
viernes, 24 de abril de 2009
Lecciones de Grandeza.
“Soy en verdad un viajero solitario –expresó un célebre científico en cierta ocasión-,y los ideales que han iluminado mi camino y han proporcionado una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida han sido: la belleza, la grandeza interior, la bondad y la verdad.”Hubo poco en su niñez y juventud que presagiara las notables alturas que alcanzaría en su vida. Era tímido y callado, y rara vez se integraba a sus compañeros. En la escuela, no se distinguió, no le gustaban la mayoría de las asignaturas escolares, y además, le aburría terriblemente preparar sus lecciones. Detestaba los métodos formales y memoristas que estaban en boga en los colegios europeos de fines de siglo XIX. Por lo tanto, su paso por el bachillerato, no fue muy gratificante: la rigidez, la disciplina militar, y la cruel competencia que fomentaban los institutos de enseñanza secundaria de la época de Bismarck le granjearon no pocas polémicas con los profesores. Su ingenio excedía por mucho la sabiduría de sus maestros, lo que sólo sirvió para aumentar el resentimiento que su actitud generaba…
Una calurosa mañana estival llegó a al escuela retrasado, pedaleando contra el tiempo. El Föhn, un viento maldito, al que se lo culpaba de todo, desde los dolores de cabeza, hasta el mal humor y el letargo, lo abofeteaba en la cara y el cuerpo, intentando en vano detener su avance.
Al entrar a la clase de geometría, encontró a los estudiantes riñendo y criticándose los unos a los otros. El joven irónicamente pensó- No es la maldición del Föhn, mis compañeros siempre se ven entre sí como rivales. Cada uno trata constantemente de rebajar a los otros, de manera que solo el pueda ser el mejor de la clase.-
Como la disputa subía de tono, el joven tomó coraje y en voz alta dijo- Tengo un desafío para todos.-
El bullicio continuaba. El profesor no lograba imponer orden.
-¡TENGO UN DESAFIO PARA TODOS! –gritó, traspasando el nudo que le cerraba la garganta.
Silencio repentino.
Los estudiantes dejaron de pelear y esperaron intrigados. El joven caminó lentamente hacia el pizarrón, levantó una tiza, y dibujó una larga línea recta. Dándose vuelta hacia los estudiantes y el profesor, señaló el pizarrón y dijo: -¿Ven esta línea?
Extrañados, todos asintieron.
-Hagan esta línea más corta.- planteó.
-¡Qué insolencia mental! ¿Cómo se atreve a hablar sin que yo le conceda la palabra? Regrese a su sitio inmediatamente- ordenó el despótico profesor. Su fría mirada recorría a todos y a cada uno de los alumnos.
Desoyendo la advertencia del catedrático, varios estudiantes se lanzaron sobre el pizarrón. –Es facilísimo - , dijo un muchacho, tomando el borrador de la repisa.
-¿De qué desafío me hablas? Soy medalla de oro en la competencia anual de estado de Baviera- fanfarroneó el estudiante estrella, mientras arrebataba el borrador de la mano de su compañero.
Un tercero se abrió paso a empujones. –Esto es un juego de niños, nos presentas un reto tan tonto como tu mente –dijo, y exigió el borrador con altivez. Alcanzó el pizarrón, y cuando estaba a punto de borrar un extremo de la línea, nuestro joven amigo, ignorando el insulto que había recibido, amablemente colocó su mano en el brazo del muchacho y lo detuvo.
-¿Pueden hacer la línea más corta SIN TOCARLA? – aclaró desafiante.
El parloteo entre los jóvenes cesó. El profesor estaba desconcertado. Su alumno les proponía un reto inusual. ¿O quizás simplemente, este inadaptado estudiante, se estaba burlando de ellos? Todos los alumnos trataban de resolver el problema. ¿Cómo hacer más corta la línea sin tocarla? El profesor se devanaba los sesos. Su rostro púrpura bullía de humillación. Nadie aportaba una solución.
-Eres un fracasado, nunca llegarás a nada, como tu inútil reto, un callejón sin salida- vociferó uno de los estudiantes desde el fondo de la clase.
El joven regresó al pizarrón tranquilamente, levantó la tiza y debajo de la primera línea, dibujó una mucho más larga todavía. Viendo una expresión de asombro en el profesor y todos los estudiantes, les preguntó con una sonrisa enigmática: -¿Qué pasó con la primera línea?
-Es más corta –respondieron al unísono.
-Naturalmente… Todo es relativo… En vez de degradarse unos a otros constantemente, HAGANSE MÁS GRANDES.- afirmó.
-Su actitud quebranta el respeto que me debe como estudiante. Será estrictamente sancionado- clamó el profesor, sus ojos parecían sacar chispas.
-La única fuente de respeto del alumno por el profesor son sus cualidades humanas e intelectuales- respondió el joven.
El resto de los estudiantes escuchaban impávidos, esperando el desenlace del duelo en un completo e incómodo silencio.
-Amigos, el mismo trabajo puede realizarse por la fuerza y la compulsión, y por el ambicioso deseo de autoridad y distinción, o como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber. Nunca lo olviden.-
Con esta profunda reflexión, el talentoso joven, incapaz de adaptarse al rígido sistema escolar, se despidió de sus compañeros de clase y abandonó el Gymnasyum Luitpold de Munich para siempre.
El tiempo transcurrió, corrió la ilusión del tiempo sin cesar...
Y aunque hubo poco en su niñez y juventud que presagiara las notables alturas que alcanzaría, Albert Einstein a los 26 años de edad, en solo seis semanas, redactó su teoría particular de la relatividad, y en 1921 recibió el premio Nóbel de Física.
A partir de ese momento, este hombre sencillo cuya imagen pública era inseparable de su amado violín, su colección de pipas y sus dos magníficos mechones grises en genial desorden, fue noticia recurrente en los diarios de todo el mundo.
Pero el tímido, comprensivo y franco Albert detestaba la ostentación y las riquezas materiales, alegando –Estoy absolutamente convencido que ninguna riqueza del mundo puede ayudar a que progrese la humanidad…El mundo necesita paz permanente, grandeza interior y buena voluntad perdurable-.
El tiempo siguió transcurriendo, corrió la ilusión del tiempo sin cesar.
-La única razón para que el tiempo exista es para que no ocurra todo a la vez. No pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto.- afirmaba Einstein.
La trayectoria del espacio-tiempo dibujó su curva relativa en la vida del físico mago de cara triste y flácida, quien sobrellevó su fama con modestia y sentido del humor.
-Papá, ¿Por qué eres tan famoso? – le preguntó un día su pequeño hijo. -La gente aplaude a mi amigo Chaplin porque lo entiende, a mí porque no me entiende. Mira, cuando un escarabajo ciego recorre la superficie del Globo, no se da cuenta que el camino que anda es curvo. Yo, por el contrario, tuve la fortuna de notarlo…Aunque nunca olvides hijo que las ideas vienen de Dios. Intenta no volverte un hombre de éxito, sino convertirte en un hombre de valor.
En 1929, cuando lo invitaron a visitar a Isabel, la Reina Madre de Bélgica, se bajó del tren y, con su cabello indicando la dirección del viento, caminó por las adoquinadas calles de Bruselas hasta el Palacio Real de Laeken, llevando una maleta y su violín, sin que nadie lo reconociera, mientras la limusina y el comité de recepción lo esperaban en la estación Bruxelles Centrale. Cuando la Reina le preguntó por qué no había usado la limusina, respondió –Majestad, era tan agradable caminar solo y en silencio por sus jardines, donde flota el sutil perfume de la más bella colección de naranjos del planeta…-

“Soy en verdad un viajero solitario- expresó Albert Einstein en una ocasión-, y los ideales que han iluminado mi camino y han proporcionado una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida han sido: a belleza, la grandeza interior, la bondad y la verdad…”
Autora: María Giacobone Carballo.
Lecciones de Grandeza. Publicado por Editorial Albatros y presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires 2007.
sábado, 4 de abril de 2009
El Templo de la Paz
Érase hace una vez, hace muchos, muchos años, una civilización que vivía en una gran isla en el Mediterráneo Oriental, la llamaban Kumari Kandam, y dicen las antiguas leyendas que era el Jardín del Edén.Los habitantes de Kumari Kandam vivían en paz con ellos mismos y con la naturaleza a la que amaban y respetaban como fuente de sabiduría. El Gran Río Sagrado dividía a las isla en dos partes, el lado de Kla’ ro y el lado de Oz ku’ ro, los que convivían en perfecto equilibrio.
La isla tenía siete templos, tres en lado de Kla’ ro, tres en lado de Oz ku’ ro y en su centro, el Templo de la Paz situado en una pequeña isla llamada Shanti. Palomas blancas custodiaban este lugar sagrado, revoloteando en mágica danza a su alrededor. El Templo de la Paz tenía siete mil setecientos setenta y siete campanas de cristal de diverso tamaño y color. Su música celestial llegaba al confín de la isla en sus cuatro direcciones. Su suave tintineo vibraba en los corazones de los habitantes de ambos lados de la isla.
Lamentablemente la paz no fue eterna. El equilibrio perfecto en que vivía Kumari Kandam se rompió. Los habitantes del lado Oz ku’ ro, henchidos de vanidad y codicia, desobedecieron la Ley del Uno y la guerra entre ambos lados de la isla se declaró.
La naturaleza se enfureció…
Un terremoto sacudió la isla y una ola gigante la sepultó en las profundidades del Mediterráneo Oriental. Junto con ella se hundieron el Templo de la Paz, las palomas blancas y las campanas de cristal…
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En la actual Gaza, más de la mitad de la población son niños. Victimas silenciosas que vieron a miembros de sus familias o a vecinos ser heridos o asesinados.
Jemina, como tantas otras niñas palestinas, sobrevivió a las explosiones que provocaron la muerte de su familia. Solo su abuelo se salvó. El anciano Shelomo, narrador de historias y guardián de la memoria. “Las historias nos ayudan a encontrar el sentido de la vida…”, repetía en forma de ritual antes de comenzar cada relato, “…nos muestran nuestro lugar en el corazón de del misterio”.
Fue el abuelo Shem, quién contó a la pequeña Jemina la leyenda del Templo de la Paz cuando ella era aún más niña. Jemina, en medio de su desolación, recordó la leyenda y se aferró a ella como una línea de vida. Durante mucho tiempo se sentó en la playa de Beit-Lahíe intentando escuchar las campanas con todo su corazón. Un corazón congelado.
Jemina perseveró día tras día, pero lo único que podía oír era el rugir de los helicópteros, el traqueteo de los carros de combate y los disparos de los proyectiles. El fragor de la guerra impactaba en sus oídos, aniquilando todas sus ilusiones…
Durante días enteros se sentó en la playa. Jemina hacía todo lo que podía para aislarse del infierno que la rodeaba, pero nada funcionaba.
Cuando se sentía desanimada acudía a su abuelo y lo escuchaba contar una vez más la maravillosa leyenda. Una chispa de esperanza entibiaba su alma, pero al regresar a la playa todo era igual.
Y fue así que aun cuando no consiguiese escuchar las viejas campanas del templo, Jemina, sin notarlo, comenzó a cambiar su actitud hacia el mundo que la rodeaba… De tanto oír el ruido de los helicópteros, ya no se dejaba distraer por ellos. Es más, el sonido del mar era cada vez más audible, ahogando con él el clamor de la guerra. Con el tiempo comenzó a percibir los graznidos de las gaviotas, el murmullo de las olas rompiendo en la orilla y el viento meciendo las hojas de las palmeras. Nada la distraía, pero Jemina, decepcionada, seguía sin escuchar las campanas del templo sumergido.
Y su desilusión creció de tal manera que finalmente decidió abandonar la búsqueda del Templo de la Paz. “Es imposible que un Templo de la Paz haya existido frente a este campo de batalla. La leyenda es una gran mentira”.
La niña regresó a la playa una vez más para contarle al mar, al viento y a las gaviotas, que había abandonado su búsqueda. Ese día, como ya no estaba ansiosa por escuchar las campanas, pudo admirar la belleza del canto de las gaviotas y el arrullo del mar. Se sintió tan complacida que se recostó sobre la arena tibia, simplemente para disfrutar del momento. Por primera vez no trató de aislar el sonido del mar. Dejó que el canto de las olas la acariciara, la acunara. Escuchó a lo lejos el aletear de un helicóptero y agradeció estar viva. Su ser entero se llenó de agradecimiento. Su corazón se sumergió en las profundidades del sonido del mar, todo era paz, no podía decir de dónde venía. Y así, en comunión con el mar, escuchó el burbujear de una campanita, luego…
Siete campanitas tintinearon más fuerte…
Setenta y siete fuertes campanas se deslizaron por las olas…
En un maravilloso acorde, las siete mil setecientos setenta y siete campanas del Templo de la Paz reverberaron en el corazón del Jemina, la niña que había aprendido a contemplar el mundo a través de los ojos del alma.
Ensamblándose al sinfónico tañir de las campanas de cristal, Jemina sintió la voz de su abuelo que la llamaba, y las risas de sus amigas en la playa… el ruido de los carros de combate y el silbido de los misiles.
Una bandada de palomas blancas cubrió el sol por un instante.
Jemina se sintió llena de esperanza.
Sabía que en este mundo lleno de contradicciones…
La Paz es Posible.
“Si nuestras voces tintinean a Paz, porqué no gritamos.”
Ynarud (Adictos al Verso)
Autora: María Giacobone Carballo
EL TEMPLO DE LA PAZ .Premiado en Concurso Internacional “Canto a la Paz: Homenaje a Mahatma Ghandi.” Ed. Pegasso 2006. Publicado en antología homónima.
